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Conversación de Cafetería. Mens sana in corpore sano.

Nuestras ideas y nuestras creencias nos alimentan. Son las que nutren nuestra forma de entender el mundo que nos rodea y a nosotros mismos. Las cocinamos a través de nuestros filtros, que se basan en nuestras experiencias, y las condimentamos con las especies de la información que tenemos a nuestro alcance.

Sin duda, la materia prima es el elemento principal para que un plato sea una delicia para los sentidos, pero lo que marcará realmente la diferencia es la cocción (nuestros filtros) de los alimentos (ideas/creencias) y los condimentos (información que consumimos) con que aderezamos nuestros platos. 

En los últimos años ha nacido una nueva industria que mueve cifras millonarias, el “healthy”. Los hábitos alimentarios son uno de los grandes focos que reclaman nuestra atención pero, como individuos, es el perfecto equilibrio entre cuerpo y alma (cerebro) el que determinará un estado realmente saludable. 

En estos últimos días, en los que he dedicado un poco más de tiempo a observar las redes sociales, noticias publicadas por medios profesionales o divulgativos, mensajes y publicaciones de todo tipo de usuarios, como interactuamos con la información, como la interpretamos, lo que compartimos y cómo lo hacemos. Y, ¿la conclusión? Nuestro consumo de información es muchas cosas y todas ellas bastante alejadas de considerarse “healthy”.

Nos alimentamos de informaciones sórdidas, de dudosa veracidad. Si son escandalosas, imágenes con cierta carga de sadismo que ofenden sensibilidades personales, ideológicas o políticas, las devoramos con mucha más ansia y las hacemos circular enérgicamente para que todos podamos participar de un increíble festín de información basura.

Al igual que el exceso de colesterol obstruye nuestras arterias, el exceso de basura informativa obstruye nuestras neuronas. Nuestro menú diario informativo se basa en encontrar el mayor número posible de información que refuerce nuestras creencias, descartando toda aquella que ponga en duda nuestras convicciones (no queremos correr el riesgo de cambiar de opinión o de mejorarla). Ya nos está bien la autocensura que nos imponemos y con la que nos sentimos tan cómodos y libres de tenernos que esforzar en recalibrar nuestro yo. En definitiva, verdad es aquello que queremos creer, y percibiremos los inputs externos según nuestros propios intereses.

Y si hasta aquí no os resulta realmente preocupante nuestro consumo de información, podemos poner el foco en el “conmigo o contra mí”. Todo punto de vista contrario al propio es pisoteado, insultado y sujeto a entrar en un proceso de adoctrinamiento ideológico con la finalidad de hacerte cambiar de opinión, dejando totalmente de lado el respeto. Porque en este “conmigo o contra mí” no entra la posibilidad de confrontar puntos de vista que permitan enriquecer ambas opiniones desde la educación y el sano debate.

Como dijo George Bernard Shaw: “El progreso es imposible sin el cambio, y aquellos que no pueden cambiar sus mentes no pueden cambiar nada”. 

No paramos de oír que el mundo va a cambiar. No es que vaya hacerlo, es que ya lo ha hecho. Si me preguntan qué cambios deberíamos adoptar, hay uno que espero que se produzca más pronto que tarde: “healthy informativo”, un consumo de información responsable y un debate de opiniones que no se base en el “yo gano y tú pierdes”. Yo apuesto por el “entre tú y yo ganamos más juntos que compitiendo”. Una opinión no tiene más fuerza si va soportada con argumentos ofensivos, despreciativos o encolerizados. 

Quien más grita no puede afirmar tener más razón, sólo tener una mejor capacidad pulmonar para gritar más.

La sensación que me produce ver los contenidos con los que nos entretenemos o informamos es de absoluta intolerancia alimentaria. Estamos bastante cerca de afirmar que nos encontramos en plena era de la desinformación, cuando contamos con el mayor acceso a la información de la historia. Nos hemos permitido y, sin darnos cuenta, convertir la información en una moneda de cambio: yo te doy la información que tú quieres consumir y a cambio tú me vendes tu alma (lo más valioso que podemos tener cualquiera de nosotros, el pensamiento crítico).  

Le debemos a Jorge Luis Borges, a mi modo de ver, una de las mejores reflexiones sobre las opiniones, “Quizá haya enemigos de mis opiniones, pero yo mismo, si espero un rato, puedo ser también enemigo de mis opiniones.”

Las ideas y las opiniones son las que mueven el mundo. Son las verdaderas herramientas y máquinas que lo han movido y lo seguirán moviendo. Como tal, somos nosotros quienes tenemos la responsabilidad del uso que hacemos de esas herramientas.

Pongamos de moda la “comunicación y la información healthy”. Está en nuestras manos. 

En definitiva, nosotros, como consumidores y centro de atención de los medios, nos acabarán dando lo que queremos. Sus beneficios dependen de nuestros gustos y preferencias, no nos lo acabamos de creer, pero tenemos ese pequeño poder de influencia que no estamos sabiendo explotar.

Apostemos por el “mens sana in corpore sano”. Lee, consume, comparte ideas y opiniones que sumen. Dejemos atrás el sensacionalismo y la imposición de argumentos. Apostemos por el respeto y apostemos por la información de los hechos y no la manipulación de los mismos, sea en la dirección que sea. Velemos por la verdadera libertad de expresión, la que no va de la mano de la ofensa o de la voluntad de doblegar.

En este momento, más que nunca lo que de verdad puede marcar la diferencia es lo que vas hacer con tus ideas y opiniones que, inevitablemente, estarán alimentadas por la información con la que te alimentes. ¡Buen provecho! 

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