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Expectativas, ¿Culpabilizarías al vulgar cactus que tienes delante por no ser lo que esperabas?

¿En base a qué argumento tenemos que conseguir todo lo que queremos y que todo suceda como esperamos? Los más creativos o simpatizantes de la retórica nos podrían hacer un excelente ejercicio argumentativo con el que incluso podrían llegar a convencernos con motivos bastante elaborados, pero desde un punto de vista objetivo la respuesta es: no hay motivos.  

Ante la falta de motivos aparece en escena la incertidumbre con la que no nos sentimos nada cómodos. Este es el momento en el que estamos en riesgo de caer en la trampa mental sobre la que construimos nuestra realidad.  

En este proceso mental pretendemos acabar con el drenaje de energía que nos representa la sensación de la incertidumbre, pulsamos el botón “activar modo de ahorro energético” y nuestro sistema cognitivo intenta devolvernos al estado de seguridad, acabando con el despilfarro energético y creando un pronóstico de que algo va a pasar (bueno o malo). Y así es como nos volvemos en creadores de “las expectativas”.  

Seguimos un modelo adaptativo con tendencia a categorizar nuestro entorno y facilitarnos un contexto. Esta categorización generalmente es poco fiable, ya que le habremos pasado el rastrillo de nuestras creencias, sesgos, percepciones, valores y experiencias aprendidas o heredadas, más un sinfín de filtros personales. Del resultado de esa categorización se alimentarán las expectativas, que se encargarán de predecir y atribuir un comportamiento a nuestro entorno. Así que, podemos estar bastante seguros de que en la mayoría de las situaciones nuestras expectativas serán poco realistas, balanceándonos entre “una pequeña posibilidad de que suceda algo y la absoluta certeza de que algo sucederá”.  

Somos realmente buenos en nuestro empeño de sostener las expectativas en el punto más álgido posible. Nos obstinamos en ganarnos el título de ingeniero de castillos aéreos, aferrándonos a la construcción de una realidad que avale la veracidad de nuestras creencias. El escritor francés François Mauriac decía: ¡Qué poco cuesta construir castillos en el aire y qué cara su destrucción! 

Nos cuesta asumir la responsabilidad de que la creación de la realidad en un determinado contexto es la que nos hace pasar por los distintos estados emocionales que pueden generar nuestras expectativas. Es inevitable tener expectativas sobre una situación, un evento, una persona o un resultado esperado. Todos estamos influenciados sobre cómo deben ser las cosas, las actitudes correctas o indebidas, a qué debemos aspirar o qué objetivos alcanzar. Pero no olvidemos que también tenemos la posibilidad de influir nosotros en nuestras expectativas haciendo un cambio de contexto que modifique nuestro estado emocional final.  
Somos realmente insuperables creando la realidad que más nos conviene. Como puedes leer en el post verdad es aquello que quiero creer: “nuestras emociones no suelen ser nuestras mejores aliadas, interfieren notablemente en nuestra percepción y sobre la opinión que desarrollamos, negando evidencias que no queremos ver o prestando atención sólo aquellos sucesos que podemos utilizar con la finalidad de confirmar nuestros deseos y creencias”.  

Al respecto, el psicólogo Jean Piaget nos hizo reflexionar sobre lo que llamó el “pensamiento mágico”. Es decir, que: “alimentando de forma inconsciente la creencia de que esperar a que algo pase realmente lo hará posible” Y esta es justo otra de las trampas de las expectativas.  

Personalmente considero que las expectativas deberían ser un sistema de navegación interno que nos ayude a tomar decisiones y a prepararnos para la acción. Podría decirse que es una proyección de los resultados que nos facilita la toma de decisiones, nos impulsa y nos facilita el combustible que pone en marcha el motor de la motivación hacia el logro.  

Realmente las expectativas deberían ser neutras, ni buenas ni malas. Sólo entendiendo el complejo mecanismo de cómo las creamos, seremos más flexibles con los resultados reales obtenidos.  

En definitiva, si cogemos un puñado de semillas de procedencia desconocida, las plantamos en una bonita maceta con tierra recién abonada y las regamos cada día contemplando con cariño como esa plantita se va haciendo un hueco entre la tierra para salir a la superficie, es en ese justo momento cuando imaginamos el maravilloso olor que desprenderá en primavera. Visualizamos la delicadeza y suavidad de sus pétalos, o pensamos en cómo sus brillantes colores nos alegraran la vista. Pero, en ese momento de deleite de nuestros sentidos, nos golpea la realidad con maceta incluida. Lo que realmente tenemos delante, lo que verdaderamente está creciendo y haciéndose hueco para salir a la superficie es un vulgar cactus (sin ánimo de menospreciar el buen gusto de los amantes del cactus). Eso que tenemos delante no desprende ningún tipo de olor embriagador, no tiene colores brillantes que nos alegren la vista, y nos acabamos pinchando con él sintiendo una punzada de dolor tanto en nuestra mano como en nuestro interior. Sentimos frustración y decepción.  

Y ahora te pregunto.  
¿Culpabilizarías al vulgar cactus que tienes delante por no ser lo que esperabas?  


Artículos relacionados: 
  • Artículo: Verdad es aquello que quiero creer. http://bit.ly/percepcionselectiva
  • Artículo: efecto pigmalión. http://bit.ly/lefecto-pigmalion 
 
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