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Porque quiero. Norma de reciprocidad


Nuestras sociedades se han construido en torno a muchas normas sociales aprobadas, aceptadas y ampliamente establecidas. Pero pocas son las que se comparten en la gran mayoría de las sociedades, independientemente de su cultura, religión, costumbres y valores, como “la norma de la reciprocidad”.

La norma de la reciprocidad es de los fenómenos sociales más estudiados y explotados. Considerada como una de las técnicas de persuasión e influencia más efectivas (como defiende uno de los mayores expertos en la materia Robert Cialdini), es utilizada en muchos casos sin demasiados escrúpulos por sectores como el consumo. 

Esta norma social determina que, si damos algo a alguien o hacemos algo por alguien, éste estará obligado a devolvernos el favor. Esta norma ha tenido un gran impacto en nuestra supervivencia como especie, mediante la cual establecemos la correlación de que si ayudamos a otros seremos ayudados por esas personas cuando lo necesitemos. 

En el ámbito de la antropología se han distinguido tres modelos de reciprocidad:  
  • Reciprocidad generalizada: la retribución no es imprescindible o no se dará a corto plazo.  
  • Reciprocidad equilibrada: se darán intercambios directos y la compensación es directa.  
  • Reciprocidad negativa: se pretende obtener un beneficio a expensas o en detrimento de la otra parte mediante trampas o engaños.  
En el ámbito de la psicología social asocia la integración de determinados rasgos de la reciprocidad, se distingue:  
  • Natural: cuando hacemos algo de forma espontánea y de forma voluntaria. Esta acción nace de la bondad y el altruismo. 
  • Intencionalidad: esta acción tiene como única finalidad generar un beneficio real a otra persona. 
  • Huella emocional: cuando percibimos una acción como desinteresada y sincera, más motivados nos sentiremos a devolver el favor. 
  • Dar por lo que recibes: no deberíamos medir, aunque por desgracia pasa, nuestras acciones por el beneficio de retorno o lo que creemos que deberíamos recibir.  
Este último punto, dar por lo que recibes, es de los motivos por los que solemos sentir un mayor malestar o frustración. Puede representar incluso una barrera limitante en la forma en la que nos relacionamos con nuestro entorno.

Estamos muy acostumbrados a la norma social de la reciprocidad que establece que, si damos algo, debemos ser recompensados en igual o mayor medida. Es tal la integración de este modelo en nuestras sociedades que en algunas situaciones nos permitimos incluso el derecho de exigir la reciprocidad después de nuestras acciones.

También afecta al modo en el que nos relacionamos, haciendo que nos sintamos más cómodos y con mayor predisposición a ayudar, sentir mayor cariño y aprecio cuando percibimos que la otra persona siente lo mismo hacia nosotros. Pero si nuestra percepción es de no reciprocidad rechazaremos y procuraremos una menor atención o ayuda a esa persona. 

En el budismo se suele decir: “nunca veo lo que ya se ha hecho, sólo veo lo que falta por hacer, porque la bondad debe ser la forma natural de la vida”.  

Esta afirmación es una llamada a que percibamos la norma de reciprocidad simplemente como un intercambio natural de gratificación personal de hacer, tener una versión más libre de nosotros mismos, respetar las decisiones de los demás y actuar sin las expectativas de la reciprocidad.

Que la respuesta a ¿Por qué lo haces? Sea: “porque puedo, porque quiero”.  

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