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Ley de Illich. Principio de la productividad.


"Algunos dicen que el trabajo duro no ha matado a nadie, pero yo me digo: ¿por qué arriesgarse?” 

Esta frase atribuida a Ronald Reagan nos da el punto partida. 

Desde luego que el trabajo no te matará, pero el exceso de horas invertidas en trabajar no garantizará que tus resultados sean mejores. He aquí una de las máximas sobre la productividad personal: “comprender cuándo y cómo debemos descansar es igual de importante que saber cómo y cuándo trabajar”.  


No caigamos en otro tópico asociado a la productividad, la inteligencia. Las personas con niveles más elevados de productividad no son más inteligentes, simplemente se organizan mejor 

Esto es una invitación a no querer trabajar más, sino hacerlo mejor. A trabajar menos, pero siendo más productivos.  

Esto lo conseguiremos con una mejor planificación, organizando una tarea en diferentes acciones, en bloques, determinando una hora de inicio y una de fin de los ciclos de trabajo.  

Este principio de la productividad se lo debemos al pensador austriaco Iván Illich. Este firme defensor del autoaprendizaje como forma de realización personal, en colaboración con la Universidad Estatal de Pensilvania, verificó en 1980 que, tras 52 minutos de concentración, la curva de productividad llegaba a su cumbre, descendiendo la concentración de una persona. Una vez iniciada la curva de descenso en la concentración las horas de trabajo son de menor calidad, alcanzado el umbral que inicia el proceso de fatiga mental.  

La fatiga mental produce una esclerosis en las estructuras de la concentración, favoreciendo la propensión a los errores. 

En realidad, cuando invertimos un número excesivo de horas continuadas en un trabajo no estamos siendo más productivos, si no que resultamos menos eficaces. Ralentizamos nuestra capacidad de tomar decisiones y resolver problemas y mengua nuestra capacidad de concentración. En consecuencia, nuestro nivel de eficiencia desciende.  

“El antagónico de la productividad es la fatiga mental derivada por la acumulación de horas de trabajo de forma continuada”.



El modelo que Illich propuso es dividir cualquier actividad en ciclos de una duración máxima de 52 minutos cada uno, momento en el que estaríamos alcanzando el umbral de productividad negativa. Incorporaríamos un descanso de 15 minutos, tiempo que invertiríamos en algo que nos evada completamente de la tarea que nos ocupaba.  

Algunos de los lectores habrán detectado la similitud con la “técnica del pomodoro”. Cada modelo debe adaptarse al entorno y a las personas. Debemos ser capaces de flexibilizar nuestros viejos hábitos y avanzar hacia modelos que nos ayuden a ser más productivos.  

Abandonemos las reliquias del pasado de “cuanto más tiempo invertido mayor productividad” y enriquezcamos nuestro modelo productivo con más organización, planificación y ciclos de trabajo adecuados que garanticen un mayor rendimiento.  

Como dijo Benito Pérez Galdós: “Dichoso el que gusta las dulzuras del trabajo sin ser su esclavo”.  


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