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Justificando la procrastinación


Son muchos los que han demonizado la procrastinaciónconsiderándola la mayor enemiga de la productividad, la falta de eficiencia y de organización, asociada a ser “un vago”. Pues bien, voy a dar una alegría a los procrastinadores que necesitaban una justificación para poder quitarse esa etiqueta de “vagos”.  

La procrastinación obedece a algo bastante primario, una necesidad establecida por nuestro cerebro. ¿Cuál es? Nuestro cerebro está programado para buscar siempre alejarse de aquello que nos produce dolor y acercarse al placer. ¿Hay algo más doloroso que tener que enfrentarnos a una tarea o actividad que no nos guste?  

¡Perfecto! Ya tienes tu excusa perfecta y constatada. No eres un vago, simplemente estás obedeciendo a una necesidad de tu cerebro. La neurociencia nos explica que esta conducta tiene lugar en el área límbica, es decir la emocional. Una vez más nuestro cerebro se está ocupando de nuestra supervivencia, procurándonos lo que él considera el proceso más eficiente.  
Cuando nos proponemos a iniciar cualquier actividad, realizamos el siguiente proceso natural de  cinco pasos:  
  • Deseas hacer algo. 
  • Imaginas el resultado.
  • Generas ideas de cómo hacerlo.  
  • Clasificas las ideas.  
  • Defines la primera acción que te llevará a completar la actividad.   
Destinamos la mayor parte de nuestro tiempo a realizar aquellas tareas que siguen el proceso natural de ejecución.  

Cuando enfrentamos una acción que no cumple este patrón de 5 pasos le damos la bienvenida a la procrastinación. Nuestro cerebro activa el proceso de huida, nos aleja del dolor de tener que implicarnos en una tarea tediosa que no nos reportará un beneficio inmediato, acercándonos al placer de realizar cualquier acción que cumpla a la perfección los 5 pasos del proceso natural de ejecución.  

“Procrastinamos cuando una actividad NO nos genera un beneficio inmediato”  

La procrastinación como hábito aprendido y vinculado al desarrollo de un proceso mental, sirve para liberarnos del estrés o la incomodidad y, como todo proceso que se precie, tiene definidas sus propias etapas: “incomodidad/excusa/distracción”. 

No realizamos una determinada acción, porque estamos haciendo otra cosa, posiblemente mucho menos relevante, pero es la excusa que nos damos para el aplazamiento, que no deja de ser distracción que ahuyenta los remordimientos de conciencia por posponer una tarea 

Por ejemplo: “No he enviado, en la fecha límite, el informe de cierre de acuerdos comerciales porque el volumen de e-mails recibidos esta semana me ha desbordado”. ¿Os suena?   

Bien, llegados a este punto, sabemos en qué consiste la procrastinación. Incluso hemos argumentado algunos motivos que podrían llegar a justificarnos. ahora te pregunto, ¿qué piensas hacer con esta información?  

Se me ocurren dos posibles respuestas:  
1. Crearme una lista de excusas mucho más convincentes para seguir posponiendo tareas que me resultan incómodas.  
2. Sabiendo cuál es el proceso que realiza mi cerebro de forma inconsciente puedo mejorar mi actitud de forma consciente.   

El conocimiento es una herramienta. Como tal, nosotros elegimos que hacer con ella, puede actuar en nuestro favor o en nuestro detrimento. Al igual que un tocho cualquiera, puede servirnos como arma para lanzarlo contra alguien o como base para construir.  

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